La ruta se llama pueblos abandonados del Aravalle.
La semana anterior a la ruta, yo, estaba muy nervioso, era una experiencia nueva, una ruta que no conocíamos y por lo leído en el libro también iba a ser inolvidable por las vistas que íbamos a tener la oportunidad de llevarnos a la retina, y no nos equivocábamos fue estupendo para la vista y para los cuerpos y creo hablar por los dos (Victor y yo mismo) cuando llegamos a casa nos sentíamos un poquito más biker de mtb que cuando salimos de casa por la experiencia vivida
Después de cruzar el arroyo por encima de una gran piedra, comenzamos una subida con un poco de piedra suelta todo esto rodeados de robles y castaños, y al poco de esta subida llegamos a un tramo de arboles y prados de trazado llano que al final se convertía en una ligera bajada donde al final de ahí que apearse de la bici, pues para cruzar otra pequeña laguna hay que atravesar por unas piedras grandes, y ya puestos, pues a beber un poquito de agua que ya íbamos sudando y perdíamos bastante líquidos y había que hidratarse , también aprovechamos para poner un plato pequeño que la subida que veíamos entre un pinar gigantesco se veía muy dura.
Tras una senda que en poco se convierte en un pequeño camino de piedra suelta que hace bastante complicada, muy complicada la subida al segundo pueblo, el cual está enclavado en un paraje incomparable, las vistas son increíbles desde esta altura que según el GPS marca 1520 metros, un bonito sitio para dejar un par de recuerdo ¿o tres?, lo que es que en esta situación te vengan aguas mayores jijijiji.
Después de un descanso merecido, en este pueblo nos comimos el sándwich que supo a gloria, empezamos un poquito el tiempo de Indiana Jones y había que explorar este pueblo que hoy por hoy todavía hay casas que todavía que se mantienen en pie y en algunas de ellas todavía tienen enseres dentro de las casas, como camas con cabeceros que ya quisieran anticuarios, también nos encontramos con zapatos, cubos de latón, algún colchón y alguna que otra cosilla, en esta casa todavía mantiene su escalera de madera que nos dio miedo subir por ella para ver la planta de arriba, no fuera a ser que se nos cayera el piso bajo nosotros, pero bueno, la visita mereció la pena, mucha foto para la buchaca, y una cosa que nos fascino mucho era un pequeño riachuelo que saldría de algún manantial y que transcurría por una pequeña calle hecha con piedras perfectamente puestas en plan acueducto sobre el suelo, increíble.
Cuando nos decidimos a bajar, lo hicimos con el sillín bajado un poco al estilo extreme, para poder bajar de pie y hacerlo sin problemas y evitar alguna inoportuna caída que por suerte y un poco de pericia no se produjo.
Al terminar la bajada nos confundimos y aparecimos dos pueblos más adelante de donde teníamos que haber salido, pero bueno tampoco salió mal, pudimos llenar las botellas de agua en un manantial natural con agua fresquita, fresquita.
Continuamos hasta un gran roble donde cogimos por un camino que nos desanimo bastante porque era intransitable, todo barro y agua, fueron 200 metros muy pesados y como ya he dicho nos desanimaron bastante, porque la ruta estaba siendo impresionante.
Una vez terminado este tramo, entramos en una pista por la que íbamos rodeando un pequeño embalse, el de Santa lucía que dejaríamos a pocos metros para encontrarnos con el tercer y último de los pueblos abandonados el de los Cerrudos, aunque este de abandonado tenía ya muy poco, habían reconstruido dos de las casas del pueblo, y estaban muy bonitas en este paraje.
Cronica según Gusalpolo.
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